lunes, 24 de septiembre de 2007

DIA 2: Mostar y burros

Querida Trini, a primera hora de la mañana estábamos todos en pié con destino a Mostar. No está muy lejos de Siroki, el lugar donde se celebra el festival, se llega en veinte minutos con coche por una carretera llena de curvas. Mientras conducía, Martina nos contó que no tenía novio pero no nos precisó las razones porque eran ‘muy largas para lo corto que resultaba el viaje’. La capital oficiosa de Herzegovina se sitúa en el corazón de un valle bordeado por montañas, algo que sorprendió a Halil, uno de los dos israelitas invitados también por el festival. En su país acostumbran a construir en las cumbres para poder estar mejor comunicados ante un eventual asedio. Aparcamos al lado de la Iglesia Franciscana y caminamos un poco hasta llegar al famoso puente de Mostar* sobre el río Neretva. De hecho el nombre de la ciudad, como me indicaron, viene a significar en bosnio-croata ‘aquel que guarda el puente’. Después de pasear por los típicos lugares de la parte antigua consagrados al turisteo, cruzamos otro puente menos popular que nos llevaba a la zona conocida como el Boulevard. En tiempos de guerra era la imaginaria línea fronteriza entre ambos bandos y donde la batalla fue más acentuada a tenor de la cantidad de edificios afectados. Era inquietante la fascinación que provocaba la extraña belleza de aquel lugar en ruinas. Me quedé registrando pacientemente con mi cámara mientras los otros caminaban por delante. Quizá lo que me turbaba era que nunca había visto tanta destrucción alineada, perfectamente asimilada por la naturaleza, los carteles publicitarios y los edificios colindantes que bien habían sido rehabilitados o simplemente no les alcanzó el fuego enemigo. Desconozco si esta distribución obedecía a la política de reconstrucción del gabinete de turismo de la ciudad - si es que existe como tal- o simplemente a los caprichosos proyectiles de mortero y metralla durante el conflicto bélico pero la verdad es que toda aquella devastación me hacía pensar en algunas secuencias de Germania Anno Zero de Rossellini. Uno de los que más me llamó la atención (y que seguro me serviría para la idea que tenía de grabar en Sarajevo los parches optimistas) fue un tiroteado edificio musulman con cierto aire a la Plaza de Toros de las Ventas de Madrid. Estaba situado en la renombrada plaza de España y tenía colocadas en su fachada superior, entre boquetes, unas bombillas que ponía feliz 2007. De repente comencé a sentirme culpable por haber comprado en el casco antiguo un bolígrafo hecho con dos balas de fusil kalashnikov. Este sentimiento fue en aumento ante las miradas reprobatorias de Halil y Mordi, los israelitas: ‘’Nosotros tenemos muchas de esas’’, dejaron caer. Ya me había convertido en un practicante más de algo parecido al turismo gore y me iba de Mostar con la sensación de no haberme enterado de nada sobre la vida diaria de esta ciudad de más de cien mil habitantes.

Nuestro compromiso de las doce del mediodía consistía en visitar un depósito de vinos e ir a conocer dos burros muy simpáticos. Al igual que en España estos animales están en peligro de extinción. La gente del festival parecía de lo más divertida con los dos equinos que presupongo eran pareja. El periodista que cubría el festival le hizo una entrevista y Vava, el traductor oficial para las ceremonias y presentaciones, le trasladaba sus impresiones desde el idioma de los burros al bosnio croata. El lugar también era un restaurante donde nos sirvieron diversas especialidades herzegovinas. Pasamos un montón de frío, yo pensaba que iba a hacer mucho más calor por aquí. Tomislav nos aseguró que en los días anteriores había temperaturas de hasta 35º pero la verdad es que nosotros nos congelábamos. Gonzalo, el director de Mimoune, y yo coincidimos como compañeros de mesa, junto a otros invitados más. Nos habíamos conocido antes gracias a una amiga común. Conversando, me comentó que cuanto más aprendía más le costaba filmar ya que andaba todo el tiempo pensando en las razones de grabar una cosa u otra y donde colocarla en el montaje final. Yo le respondí que me ocurría lo mismo y me vino a la mente una conversación que tuve con otro amigo donde éste reivindicaba la inocencia de la mirada, una expresión un poco rimbombante pero que viene a defender una forma despreocupada de ver y registrar, sin llegar a ser ingenua pero sí menos calculada, neurótica, medida, quizá más libre. En definitiva, dejarse llevar aunque esto tiene un riesgo: olvidarte de cómo contar las cosas.

A media tarde asistimos a las proyecciones de los documentales. Entre otros estaba el corto de Mimoune, una correspondencia en video entre un padre desplazado para trabajar en España y su familia que le aguarda en Marruecos. Cada minuto que pasaba me iba atrapando más la espontaneidad de los mensajes que se cruzaba la familia, quedándome con ganas de que aquello durara casi como un largo. Durante la cena el director del festival, Tomislav, nos abordó para volvernos a preguntar si alguno de los españoles estaba disponible para ir mañana al aeropuerto de Split a recoger a una invitada que se sentía un poquito insegura al no dominar el inglés. A nosotros nos daba bastante palo, si al menos fuera para ir a Sarajevo…, sin embargo al final de la noche cedí si salíamos unas horas antes para poder visitar la ciudad de Split y así el trayecto no se quedaría solo en un desplazamiento de ida y vuelta desde Siroki al aeropuerto. A Tomislav le pareció bien la oferta y accedió. El coche lo conduciría Miro, el que me había traído del aeropuerto de Sarajevo y con el que me entiendo tan bien aunque él no hable inglés.

Y esto es todo por hoy Trini, ya te contaré lo de mañana que casi promete más por mi compañero de viaje que por el trayecto en sí.


* Al comienzo del conflicto bélico en la ciudad, croatas y musulmanes se aliaron para expulsar a los serbios, pero una vez conseguido este objetivo, se declaró una nueva lucha entre musulmanes y croatas por tomar el poder de la ciudad. Durante la guerra, este puente fue destruido, derrumbándose así todo un símbolo de la convivencia entre culturas aunque en el 2004 fue rehabilitado. Fuente: Wikipedia.

jueves, 13 de septiembre de 2007

DÍA 1: Aterrizaje.

Querida Trini, te escribo desde el hotel de Široki. Sí, por fin llegué a esta pequeña ciudad y lo hice aterrizando en Sarajevo a la hora prevista acabando con mi mala suerte del día anterior. A mi llegada me esperaba Martina, una interesante joven rubia con aparato en los dientes que trabaja en el festival recogiendo a los invitados y Miro el conductor que solo habla croata pero que se hace entender muy bien. Cuando llegué me dijo ‘¿Split? ¿Sarajevo?, Sarajevo – Split’. Hacía referencia al baile por todo el país al que los había sometido el día anterior a causa de los continuos cambios de hora y lugar de llegada. Habían hecho dos viajes, uno a la ciudad de Split por la mañana, otro por la tarde a Sarajevo, ambos infructuosos. Desconozco a qué altura se encontraban del camino cuando les llamé para avisarles de los cambios de planes, pero me hago a la idea de que ya habían salido de casa. Raudo y veloz les pregunté si podíamos dar una vuelta por Sarajevo, la capital, una ciudad de mayoría musulmana, pero me dijeron que no, que había retraso, así que lo dejaríamos para una mejor ocasión. Una lástima, la ciudad me despertaba una gran curiosidad. Poder recorrer lugares como la biblioteca de Sarajevo, el barrio de Grbavica que los radicales serbios quemaron antes de entregarlos a los bosnios musulmanes o el mítico hotel Holiday Inn, residencia de periodistas durante la guerra cuyo modus vivendi tan bien describe Pérez – Reverte en su libro ''Territorio Comanche''. Me habría gustado grabar un pequeño video de aquellos lugares que continúan desolados pero cuya huella de lo que había pasado trataba de borrarse con detalles. De esos pequeños parches habría ido el video que tenía en mente. No se trataba de registrar la destrucción si no todo lo contrario, la aparente y dificultosa reconstrucción por gente que quiere tirar para adelante. Lo dejaremos para otra ocasión.

El viaje transcurrió por serpenteantes carreteras que bordean el río Neretva. El paisaje era sugestivo e inquietante, con sus mezquitas asomando entre los bosques y sus pequeños cementerios musulmanes a los pies del camino. El trayecto pese a ser de casi dos horas y media se me hizo corto repasando la actualidad de la liga de primera y segunda división española de la que Miro es un gran aficionado. Nunca me ha gustado el balompié. Siempre digo que no sigo el fútbol, si no que el fútbol es el que me sigue a mí. Pasamos por Jablanica, una ciudad a 80 km de Sarajevo que fue asediada por los serbios, y donde las tropas españolas consiguieron entrar para poder abastecer de alimentos a la sufrida población bosnio musulmana. Comieron gracias a ellos. Poco a poco las mezquitas fueron dejando paso a las iglesias, para mí más reconocibles y por tanto desprovistas del valor evocativo de las anteriores. Nos adentrábamos en la región de Herzegovina que es donde está situado Široki cuyo 99% de habitantes son croatas católicos. Cuando llegamos lo primero en lo que me hicieron reparar fue en el estadio del NK Široki Brijeg, uno de los equipos más fuertes del país. ‘El Siroki mestalla, el siroki mestalla’ se entusiasmaba Miro (el Mestalla es el campo de fútbol del Valencia). Pienso que con este tío va a ser con el que mejor me voy a entender. ‘’A mangiare, a mangiare’’, mi nuevo amigo aseguraba dominar el italiano, el inglés y el alemán. Comimos en el restaurante del tío de Martina, la chica que había venido a recogerme, una estudiante de computación en la Universidad de Zagreb. Le dije que en España una chica que estudiaba ‘ordenadores’ era poco frecuente, y me dijo que allí también, pero me contestó que chicos que estudiaban psicología, como había sido mi caso, también era minoritario por lo que quedábamos en empate. Durante la comida llegamos a la conclusión de que no nos gustaba Freud y tampoco el sistema operativo Windows aunque lo recomendé que al menos fuera una vez en la vida al psicoanalista, como si se tratara de peregrinar una vez a la Meca, todos deberíamos en algún momento al psicoanalista - no al psicólogo -, por curiosidad, nada más. Me dijo que se lo pensaría. Luego me llevaron al hotel que acababa de abrir y nosotros teníamos el honor de ser los primero huéspedes. Dejé todas mis cosas y me fui para el hall del hotel. Me quedé un rato con Martina, Miro e Ivana que es la encargada de las relaciones públicas.

Nada más salir del hotel me crucé con dos hombres vestidos con atuendo militar. Sus caras me parecieron de españoles así que les abordé un poco bruscamente y les dije: - Hola, - Coño ¿qué haces tú por aquí?, me contestaron - ¿Y vosotros? les espeté yo. Resulta que todos íbamos al mismo sitio, a la presentación del festival, ellos también habían sido invitados. Caminamos cinco minutos desde el hotel y aparecí en el cine flanqueado por dos militares más grandes y más cachas que yo. Allí me encontré con Manuel, el director de La Aldea Maldita, con su novia Edel y a Gonzalo, el director de Mimoune. También habían sido invitados al festival. El capitán Iñigo nos explicó que su trabajo era de carácter civil, consistía en mediar entre las fricciones que pudieran surgir entra las dos comunidades de la zona: la bosnio - musulmana y la croata católica. La verdad es que me pareció un trabajo muy interesante: actuaban en equipos de seis y se ayudaban de dos intérpretes, cada una perteneciente a una de las dos etnias, y así era mucho más fácil mediar. En definitiva, se ocupaban de tareas de enlace y observación. La charla que teníamos era fuera del edificio, en la calle. Era un centro cívico donde debían organizarse otras cosas fuera del período del festival. De apariencia sencilla, la parte superior de su fachada estaba pintada a cuadros rojos y blancos, como la bandera de Croacia, aunque este pueblo pertenezca a Bosnia – Herzegovina. Por fin me encontré con Tomislav Topić, el artífice de todo esto, el boss, el tipo que se le ocurrió hace ocho años organizar un pequeño festival en medio de un país en plena reconstrucción económica y sentimental. Un tipo consciente de hasta donde puede llegar. ‘’Algo tenía que hacer para que mi ciudad saliera de la rutina al menos por unos pocos días’’ me comentó. Y allí estábamos cuatro españoles, dos miembros del ejército y un montón de Herzegovinos ansiosos por entrar a la sala. La peli de Manuel abría la sección a competición. La debo haber visto unas cuatro veces, pero ésta última vez saboreé mejor su montaje calculado y su sosegada voz en off que contrasta cuando ves a los mismos personajes lanzándose en plan kamikaze contra la virgen del Rocío, en Almonte. De eso, y otras muchas cosas más, es de lo que va el docu. La cena que fue en el restaurante del hotel resultó de lo más amena con una variedad increíble de platos. Allí me presentó Tomislav a su padre, un ferviente seguidor del Barça porque era un equipo católico. Yo le dije que no era más católico que otros equipos de la liga española, pero debe ser la leyenda urbana que hay en el lugar. La banda musical de veteranos tocaba alegremente pasodobles como ¡Qué viva España! y nosotros comenzamos a sentirnos como en casa. Martina nos abordó y nos dijo que mañana a las 9 am todos debemos estar en pie si deseamos visitar Mostar. Tenía que ser a esa hora porque luego a las 12 teníamos otro compromiso. Así que después de esa noticia me he subido a la habitación del hotel desde donde te escribo. Aquí sí que tienen mando a distancia y echan culebrones subtitulados en el idioma del lugar. Parece que son la nueva moda. A ver si descubro como se dice ''Oye, mi amor'', en croata.

Afectuosamente,

Jorge

P.D. En la postal de hoy te pongo al grupo de veteranos.

Aclaración geográfica de la wikipedia: El país está dividido en tres grupos étnicos marcados por la religión que profesan: el 44% de los bosnios son musulmanes eslavos, el 32% serbios cristiano-ortodoxos y el 17% croatas católicos. Cada uno tiene su zona predominante, en el norte la mayoría son serbobosnios y su capital es Banja Luka, (su autonomía se la conoce como República Sprska), el centro es de mayoría bosnio musulmana, (la región de Bosnia), y el norte es para los bosnio croatas, (la conocida como Herzegovina), éstas dos últimas forman, a su vez, la Federación de Bosnia y Herzegovina.

lunes, 10 de septiembre de 2007

Široki mon amour. DÍA 0: Despegue.

Querida Trini, como bien sabes, hoy comenzaba mi viaje a Herzegovina, concretamente a Široki Brijeg, donde va a ser proyectado el documental De función dentro del Mediteran Film Festival. Se supone que debería haber llegado a Split, en Croacia, procedente de Ámsterdam donde he estado pasando unos días, y luego viajar en coche unas dos horas más hasta llegar a Široki. Pero no, te escribo desde Munich. Si la Ley de Murphy decide que hoy no vas a llegar a tu destino, por mucho que lo intentes y hagas cosas para evitarlo no lo vas a conseguir. Y así ha pasado, a primera hora de la mañana el avión de British Airways tenía un problema técnico con lo que no podía viajar a Londres para luego enlazar a Split. Después de recoger la maleta, en las oficinas de la compañía me ofrecieron una alternativa, viajar a una ciudad alemana que no recuerdo, luego a Zagreb y por último a Split. Cuando estaba casi todo hecho la empleada recibió una llamada telefónica que le confirmaba que el avión de Zagreb a Split no iba a despegar no sé porqué razones. Total, que la segunda opción consistió en viajar a Sarajevo, pasando previamente por Munich y viajando con otra compañía: Lufthansa, sin ningún coste adicional por mi parte. De puta madre pensé, porque Sarajevo es una de las ciudades que pretendo visitar, y el festival no tenía problema en recogerme allí. Aguardé en el aeropuerto unas 4 o 5 horas lo que me dio tiempo a leerme casi la mitad de Tokio Blues de Haruki Murakami y a olvidarme por completo de escuchar algo de música con el iPod.


Al llegar a las 17.10 a la puerta de embarque comprobé que el avión llevaba un retraso de 40 minutos y comencé a preguntarme si algún día iba a poder salir de Schipol, el aeropuerto de Ámsterdam, o mi vida iba a estar envuelta en un bucle de aviones que nunca despegan. Pues bien, al subir al aparato hice cuentas y reparé en que el tiempo de enlace del que disponía cuando llegase al aeropuerto Franz J. Strauss de Munich es de una hora y media así que aun tenía 50 minutos de colchón. Embarcamos con esos 40 minutos de retraso que acabaron convirtiéndose en 60 hasta despegar. Cuando estaba dándole vueltas a que solo me quedaría media hora para correr por los pasillos de aeropuerto me comunicaron que el vuelo que me iba a llevar de Munich a Sarajevo iba con retraso por lo que iba a disponer de algún tiempo más. Casi llegando el comandante nos indicó que íbamos a demorarnos en aterrizar porque las condiciones de visibilidad eran complicadas. En definitiva no sé a que hora llegué pero al aterrizar comunicaron a la gente que enlazaba con un vuelo destino a Nápoles que serían recogidos por un bus especial para que llegaran a tiempo al avión. Del españolito que viajaba a Sarajevo vía Ámsterdam ni se acordaron. Le pregunté a la azafata y me contestó: no problem, no problem. Una vez aterrizados y sin sentido horario alguno en mi cabeza comencé a ir cada vez más deprisa hacia la puerta de embarque número 52 que era desde donde partía el avión hacia la capital de Bosnia, pero al llegar no me encontré ni bosnios, ni turistas japoneses ni nada, aquello estaba desierto: el avión había despegado hacía 20 minutos. Me puse a hacer cuentas, pero no cuadraban, ¿de verdad el avión que me llevaba a Sarajevo llevaba un retraso de 30 minutos? Abatido, me dirigí al stand de Lufthansa para que me solucionasen la cuestión existencial de si algún día sería capaz de llegar a mi destino.

- Hasta la mañana siguiente, a las 11.00 h., no podrás coger un nuevo vuelo – me contestaron. No había ninguna salida posible en lo que quedaba de día así que iba a tener que quedarme en un hotel que ellos me pagaban y llegar hasta allí en un taxi cuyo importe también me abonarían en un tiquet. Tenía derecho a una cena pero no podía hacer libre uso del mini bar como me aclaró jocosa la empleada de la compañía. Cuando llegué me di una larga ducha antes de acudir al comedor. Bajando escaleras y escaleras de este inmenso hotel del extrarradio de la ciudad llegué a unos pasillos por los que me encontré a unos submarinistas caminando sin la escafandra. Cada vez entendía menos todo hasta que llegué a unas piscinas con un montón de gente buceando. ¡La cachonda del aeropuerto me había mandado a un hotel de submarinistas! Tenían de todo, salón para convenciones, pequeñas tiendas con todo tipo de accesorios, un montón de piscinas subterráneas, etc. Subiendo de nuevo unas escaleras llegué al restaurante del hotel, que había sido construido en forma de campana debajo del tanque de agua principal. Me tocó comer al lado de una ventana por la que de vez en cuando atravesaba un submarinista. Los había graciosos que aparecían de repente y te asustaban, otros desorientados y niños que jugaban entre ellos bajo del agua. Ante tal panorama me dediqué a sumirme en un estado de irrealidad total ayudado por las cervezas que la amable camarera alemana me iba sirviendo una tras otra. A duras penas he llegado a la habitación donde me encuentro ahora escribiéndote estas líneas ya que no puedo ver la tele: me ha tocado una en la que deben haber perdido el mando a distancia y paso de bajar otra vez para perderme por los pasillos o encontrarme un tiburón vestido de surfista.



P.D. Te adjunto la postal del restaurante del hotel.

Siempre tuyo,

Jorge