lunes, 10 de septiembre de 2007

Široki mon amour. DÍA 0: Despegue.

Querida Trini, como bien sabes, hoy comenzaba mi viaje a Herzegovina, concretamente a Široki Brijeg, donde va a ser proyectado el documental De función dentro del Mediteran Film Festival. Se supone que debería haber llegado a Split, en Croacia, procedente de Ámsterdam donde he estado pasando unos días, y luego viajar en coche unas dos horas más hasta llegar a Široki. Pero no, te escribo desde Munich. Si la Ley de Murphy decide que hoy no vas a llegar a tu destino, por mucho que lo intentes y hagas cosas para evitarlo no lo vas a conseguir. Y así ha pasado, a primera hora de la mañana el avión de British Airways tenía un problema técnico con lo que no podía viajar a Londres para luego enlazar a Split. Después de recoger la maleta, en las oficinas de la compañía me ofrecieron una alternativa, viajar a una ciudad alemana que no recuerdo, luego a Zagreb y por último a Split. Cuando estaba casi todo hecho la empleada recibió una llamada telefónica que le confirmaba que el avión de Zagreb a Split no iba a despegar no sé porqué razones. Total, que la segunda opción consistió en viajar a Sarajevo, pasando previamente por Munich y viajando con otra compañía: Lufthansa, sin ningún coste adicional por mi parte. De puta madre pensé, porque Sarajevo es una de las ciudades que pretendo visitar, y el festival no tenía problema en recogerme allí. Aguardé en el aeropuerto unas 4 o 5 horas lo que me dio tiempo a leerme casi la mitad de Tokio Blues de Haruki Murakami y a olvidarme por completo de escuchar algo de música con el iPod.


Al llegar a las 17.10 a la puerta de embarque comprobé que el avión llevaba un retraso de 40 minutos y comencé a preguntarme si algún día iba a poder salir de Schipol, el aeropuerto de Ámsterdam, o mi vida iba a estar envuelta en un bucle de aviones que nunca despegan. Pues bien, al subir al aparato hice cuentas y reparé en que el tiempo de enlace del que disponía cuando llegase al aeropuerto Franz J. Strauss de Munich es de una hora y media así que aun tenía 50 minutos de colchón. Embarcamos con esos 40 minutos de retraso que acabaron convirtiéndose en 60 hasta despegar. Cuando estaba dándole vueltas a que solo me quedaría media hora para correr por los pasillos de aeropuerto me comunicaron que el vuelo que me iba a llevar de Munich a Sarajevo iba con retraso por lo que iba a disponer de algún tiempo más. Casi llegando el comandante nos indicó que íbamos a demorarnos en aterrizar porque las condiciones de visibilidad eran complicadas. En definitiva no sé a que hora llegué pero al aterrizar comunicaron a la gente que enlazaba con un vuelo destino a Nápoles que serían recogidos por un bus especial para que llegaran a tiempo al avión. Del españolito que viajaba a Sarajevo vía Ámsterdam ni se acordaron. Le pregunté a la azafata y me contestó: no problem, no problem. Una vez aterrizados y sin sentido horario alguno en mi cabeza comencé a ir cada vez más deprisa hacia la puerta de embarque número 52 que era desde donde partía el avión hacia la capital de Bosnia, pero al llegar no me encontré ni bosnios, ni turistas japoneses ni nada, aquello estaba desierto: el avión había despegado hacía 20 minutos. Me puse a hacer cuentas, pero no cuadraban, ¿de verdad el avión que me llevaba a Sarajevo llevaba un retraso de 30 minutos? Abatido, me dirigí al stand de Lufthansa para que me solucionasen la cuestión existencial de si algún día sería capaz de llegar a mi destino.

- Hasta la mañana siguiente, a las 11.00 h., no podrás coger un nuevo vuelo – me contestaron. No había ninguna salida posible en lo que quedaba de día así que iba a tener que quedarme en un hotel que ellos me pagaban y llegar hasta allí en un taxi cuyo importe también me abonarían en un tiquet. Tenía derecho a una cena pero no podía hacer libre uso del mini bar como me aclaró jocosa la empleada de la compañía. Cuando llegué me di una larga ducha antes de acudir al comedor. Bajando escaleras y escaleras de este inmenso hotel del extrarradio de la ciudad llegué a unos pasillos por los que me encontré a unos submarinistas caminando sin la escafandra. Cada vez entendía menos todo hasta que llegué a unas piscinas con un montón de gente buceando. ¡La cachonda del aeropuerto me había mandado a un hotel de submarinistas! Tenían de todo, salón para convenciones, pequeñas tiendas con todo tipo de accesorios, un montón de piscinas subterráneas, etc. Subiendo de nuevo unas escaleras llegué al restaurante del hotel, que había sido construido en forma de campana debajo del tanque de agua principal. Me tocó comer al lado de una ventana por la que de vez en cuando atravesaba un submarinista. Los había graciosos que aparecían de repente y te asustaban, otros desorientados y niños que jugaban entre ellos bajo del agua. Ante tal panorama me dediqué a sumirme en un estado de irrealidad total ayudado por las cervezas que la amable camarera alemana me iba sirviendo una tras otra. A duras penas he llegado a la habitación donde me encuentro ahora escribiéndote estas líneas ya que no puedo ver la tele: me ha tocado una en la que deben haber perdido el mando a distancia y paso de bajar otra vez para perderme por los pasillos o encontrarme un tiburón vestido de surfista.



P.D. Te adjunto la postal del restaurante del hotel.

Siempre tuyo,

Jorge

1 comentario:

Anónimo dijo...

Sería como tratar de escapar de tu propia sombra. Corres y corres y siempre anda pegada a tus pies, hasta que te das cuenta de que forma parte de ti. La irrealidad te persigue.

Un beso muy grande.